La madre no le creyó. Tenía 9 años y la inocencia destruida. Integró ese desprecio a su subconsciente y continuó, hasta que se convirtió en mujer. Y la madre siempre presente, como lo están las madres, con la actitud cariñosa y el aroma de hogar.
Como si nada hubiese pasado.
Hasta que engendró su propia hija. Y la conexión del género fue evidente desde lo uterino. El amor llenó todos los espacios.
Cuando la niña nació, la mujer se convirtió en loba protectora. La cría crecía lento en sus brazos, y mientras, un solo pensamiento la ahogaba: serás feliz. Nadie te tocará. Nadie te hará daño.
Se traslaparon los roles, retrocedió y el rencor la invadió. ¿Cómo fue capaz de no creerme? ¿Cómo fue capaz de no hacer justicia? Si dice quererme tanto, ¿cómo fue capaz de no sanarme?
Encaró a la madre, reveló toda la verdad al padre, enfrentó a los hermanos, y desertó del sistema familiar.
Se alejó de todos ellos, por proteger a su cría.
De pronto la mujer se vio en un lugar donde el odio, el miedo, el rencor y el dolor se mezclaban en un solo sentimiento que le perforaba el pecho.
Y fue la hija, principio y fin, quien llevó luz a ese lugar, y tocó su corazón.
La mujer vio con claridad. Indagó en la historia de la madre para comprender sus motivos y la compasión la inundó. Entonces fue capaz de volver a mirarla. Y volver a quererla.
En su infinita pureza la hija tomó la mano de la mujer y la madre, y las unió. Las tres se volvieron una, las que fueron y las que son.
Al final el amor limpió todo.
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